El color oficial de la bandera de santiago debería ser el gris. Gris con el rosa de los lapachos florecidos en la avenida principal.
Nico y Mariana tienen una casa hermosa, ideal para recibir visitas, para que jueguen los chicos, para una sobremesa larga. El pasto regado termina en una galería que protege del sol con una pérgola. De fondo, las lápidas blancas de un cementerio privado le dan un aire misterioso a las mañanas de niebla. Ellos nos llevan a pasear, nos explican todo, son los mejores anfitriones que he visto.
Nico y Mariana tienen una casa hermosa, ideal para recibir visitas, para que jueguen los chicos, para una sobremesa larga. El pasto regado termina en una galería que protege del sol con una pérgola. De fondo, las lápidas blancas de un cementerio privado le dan un aire misterioso a las mañanas de niebla. Ellos nos llevan a pasear, nos explican todo, son los mejores anfitriones que he visto.
Ahí me doy cuenta que santiago me gusta porque es melancólico, porque es nostálgico, pero que a pesar de eso vive todo con profunda alegría y se esfuerza por ganar tiempo a la tristeza con sus fiestas eternas, sus domingos de chacareras y bombitas de luz colgando entre los árboles. De fondo suenan petardos, y todo el mundo festeja porque ya que la vida es triste y no hay remedio, lo mejor que se puede hacer es cantar hasta el alba y divertirse para olvidar un rato. Casi como un desafío lanzado a la noche estrellada, al atardecer dorado en el desierto campesino. Un desafío absurdo y burlón que hace que santiago sea imposible de no querer. Mishkila.








