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viernes, 4 de abril de 2008

Mi gata se cayó por un balcón



Hay que decir que no teníamos la mejor relación.
Ella me despertaba de noche y yo la echaba de mi cama. Ella pedía que le den leche, y yo, aconsejado por una amiga, me negaba. Ella me miraba fijo y torcía la cabeza antes de irse a pasear por la baranda del balcón, mordiendo las hojas de mis plantas.
Era un hábito riesgoso que nunca aprobé pero que tuve que resignarme a aceptar. No había forma de enseñarle que era peligroso.
Ella, confiada y presumida, me miraba con expresión vacía y seguía su paseo por la cuerda floja.
A veces, la encontraba en el pilar del balcón mirando el río a lo lejos.
Aprendí a dejarla hacer, aunque siempre temía por ella o me enojaba.
Pero así y todo yo creo que nos queríamos. Yo la escuchaba maullar cuando ella escuchaba la puerta del ascensor y se paraba a esperarme frente a la puerta. Yo la dejaba ver tele conmigo a pesar de que se paraba en la mesita y me tapaba, tratando de arañar a Santo y Maríalaura.
Y anoche, en circunstancias que aún faltan esclarecer; el destino se llevó sus pies de felpa y su pelo de tres colores para siempre.


Y yo que amo la comedia dramática de Wes Anderson, sonrío con lágrimas en los ojos acordándome de ella.