Se puso a refugio detrás de un palo borracho florecido, porque verla caminar por la calle le parecía un delito. Llevaba un vestido corto y floreado, y unas sandalias blancas que trepaban apenas por sus tobillos.
Después, se miró las manos pinchadas con las púas del árbol, y la perdió de vista.
Así pasó el resto del otoño, extrañando.
martes, 3 de marzo de 2009
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