miércoles, 3 de septiembre de 2008

Fábula de los tres alpinos o como Volver sin cantar tangos

Eran tres alpinos que volvía de la guerra. Astor, el mayor, soñaba con conocer a Darín y refundar juntos el Luna de Avellaneda. Astor no tenía televisión por cable.
Warsteiner, el del medio, quería ir a Amsterdam a comer hongos alucinógenos y sacar fotos torcidas para impresionar a todos en la oficina.
El más chiquito llevaba un ramo de flores. Sus compañeros, pragmáticos y experimentados le dijeron que ella seguramente había conseguido alguien que le cambie las bombillas de luz durante su ausencia, pero El más chiquitito respondía que jamás en su vida había cambiado una bombilla de luz y que le importaba un cuerno ella si lo había cambiado por un electricista matriculado.
Ella tejía y destejía el crochet de unas revistas Burma que le había traído su abuela, sin saber que así se iba arrugando cada día, y que la fila de pretendientes en la puerta era cada vez más corta. Sus amigas le decían que tenía que salir más, que tenía que olvidarse de El más chiquitito, pero ella no quería saber nada. Ni con sus amigas, ni con nadie. A decir verdad ya no esperaba a El más chiquitito, como tampoco esperaba nada de la vida. Dejaba caer los ovillos sobre sus pies empantuflados y miraba Vh1. Ella sí tenía cable, pero no le andaba el control remoto.

Astor cantaba bien y le decía a El más chiquitito que tenían que armar una banda de música country y mudarse a Nebraska. Warsteimer le decía que se olvidara de todo y que se armara uno. El más chiquitito apretaba en su mano las flores que se iban marchitando y caminaba en silencio. A veces silbaba, a veces fumaba colillas de cigarrillo que encontraba por el camino.
Ella un día dijo basta para mí basta para todos y largó el crochet y se dedicó a viajar por el mundo, cansada de esperar y de tejer chalequitos de lana.
El más chiquitito golpeó su puerta con las flores chamuscadas y nadie le abrió. Sentado en el umbral de la puerta, prendió su última colilla y dejó las flores apoyadas en la pared. Astor, que venía un poco detrás empezó con que yo te dije, y Warsteimer más atrás flasheaba que era Berugo Carámbula y gritaba Alcoyana-Alcoyana.
El más chiquitito dijo que ya sabía que ella no iba a estar, y que le importaba un pito. Total, les dijo, las flores las usaba para seguir caminando.
Y se puso a llorar, porque igual le dolía.

4 comentarios:

Lagorio dijo...

Realmente lo mejor de tu blog. Tenes que agradecer esta inspiracion al dueño de la casa donde hay una muñeca ahorcada.

Duaca dijo...

no quería vivir más, dijo.

SP dijo...

"...el más chiquitito llevaba un ramo ´e flores..."

Muy buen post, lo felicito por tener la valentía de publicar un relato tan personal y biográfico.

Duaca dijo...

ni soy valiente, ni es personal ni autobiográfico. Pero le agradezco tanto...

me lo conto un amigo